DEJAME SURCAR UNA VEZ MAS.- Alba-Manuel Molina

Déjame surcar una vez más

Ya la tarde se pone, sobre la olvidada barca
Que en el vientre guarda un cuento, una sirena encantada.
La olvidada barca, sueña con besar el agua
Y con hundir su cuerpo seco; entre las olas blancas.

Y que se apaguen las estrellas,
Y que los peces se disfracen de reflejo
Para no estorbar.
Y Yo me siento a su lado y la escucho quejarse,
Pidiendo al pescador:

Déjame surcar una vez más, por bajo guía;
Déjame morir entre las olas, a la deriva;
Deja que mi cuerpo de madera, se rompa con las olas bajo el sol;
Déjame, déjame morir…Ole…a la deriva…

Y si no quieren entregar mi cuerpo al mar
No quiero que se apiaden de mí
Que me rompa en mil pedazos el pescador
Y que me queme en una hoguera frente a ti

Me quemó tanta pena ay no puedo aguantarme
Me acerqué al viejo marino
Gritando como solo se hace una vez

Déjame surcar una vez más, por bajo guía;
Déjame morir entre las olas, a la deriva;
Deja que mi cuerpo de madera, se rompa con las olas bajo el sol;
Y déjame, déjame morir… a la deriva…

http://www.youtube.com/watch?v=tADo5ALxn9Q

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LAS ABARCAS DESIERTAS.- M. Hernández.

LAS ABARCAS DESIERTAS

Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días,
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río,
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda la gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y un mundo de miel.

Por el cinco de enero,
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

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SI EL CIELO ESTA GRIS. M CHINATO

 La soledad no está tan sola…

¡No ves que a mí no me abandona!

Como una tempestad que va arrancando los tejados;

no sé quien me quitó lo que jamás me había dado.

Me asomo a la ventana siempre está lloviendo

y en mi vieja radio suena “Sol de invierno”.

Perdido en el camino entre el amor y el odio;

tan cerca del cielo como del demonio…

 

¿Qué ha pasado que no quiere salir?

– Un rayito de sol que me ayude a vivir.

¿Qué ha pasado? ¿Se ha olvidado de mí?

– Y yo me siento triste si el cielo está gris.

 

Dame licor de ala de gaviota:

quiero volar, mojarme con las olas.

Dame licor de oreja de conejo

que quiero oír tu voz aunque estés lejos.

 

Venga, Manolillo, déjame el sombrero;

el del ala ancha que llega hasta el cielo.

Ponlo boca arriba, llénalo de versos;

déjalos volar, ¡que los reparta el viento!.

 

¿Qué ha pasado que no quiere salir?

– Un rayito de sol que me ayude a vivir.

¿Qué ha pasado? ¿Se ha olvidado de mí?

– Y yo me siento triste si el cielo está gris.

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ELEGIA. ( M. HERNANDEZ )

    ELEGÍA

(En Orihuela, su pueblo y el mío, se
me ha muerto como del rayo Ramón Sijé,
con quien tanto quería).

Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.

Alimentando lluvias, caracolas
y órganos mi dolor sin instrumento.
a las desalentadas amapolas

daré tu corazón por alimento.
Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.

Un manotazo duro, un golpe helado,
un hachazo invisible y homicida,
un empujón brutal te ha derribado.

No hay extensión más grande que mi herida,
lloro mi desventura y sus conjuntos
y siento más tu muerte que mi vida.

Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.

Temprano levantó la muerte el vuelo,
temprano madrugó la madrugada,
temprano estás rodando por el suelo.

No perdono a la muerte enamorada,
no perdono a la vida desatenta,
no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta
de piedras, rayos y hachas estridentes
sedienta de catástrofes y hambrienta.

Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

Volverás a mi huerto y a mi higuera:
por los altos andamios de las flores
pajareará tu alma colmenera

de angelicales ceras y labores.
Volverás al arrullo de las rejas
de los enamorados labradores.

Alegrarás la sombra de mis cejas,
y tu sangre se irán a cada lado
disputando tu novia y las abejas.

Tu corazón, ya terciopelo ajado,
llama a un campo de almendras espumosas
mi avariciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas
del almendro de nata te requiero,
que tenemos que hablar de muchas cosas,
compañero del alma, compañero.

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MIRE LOS MUROS. F. QUEVEDO

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de la carrera de la edad cansados,
por quien caduca ya su valentía.

Salime al campo, ví que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
que con sombras hurtó su luz al día

Entré en mi casa, ví que amancillada
de anciana habitación era despojos;
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

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